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domingo, 11 de abril de 2010

Un cuento que no lo es

Hoy quiero contaros algo que sucedió en Ibi durante el transcurso de la guerra civil, entre los años 1936 y 1939.

Como sabéis, esa guerra enfrentó a las personas en base a sus creencias e ideas politicas concretándose el enfrentamiento en dos bandos bien diferenciados, bandos que aún hoy en día persisten aunque muy diluidos y con ideologías muy difuminadas, aunque por entonces eran diametralmente opuestas y muy viscerales: la izquierda y la derecha.

Cuando se desató la guerra, Ibi y todo su entorno pertenecía a la zona de izquierdas, o zona roja, y algunas personas con odio reprimido y mal gestionado, dirigieron su apasionamiento hacia la violencia y la represión a las gentes con ideas opuestas.

Tanto en un bando como en otro, había personas con bajos instintos y personas con buen corazón. Entre estas últimas estaban los protagonistas de la historia que os quiero contar. Vivían en la calle "el Rebot", un pequeño callejón que une las calles "costera de Sant Antoni" y la "costera de San Francesc", en el barrio de "Les Costeretes", al pie de Santa Lucía, y vivían frente por frente.

Él se llamaba Eduardo, de la familia "Dimonis". Ella era doña Aurora, maestra y mujer influyente en el pueblo y en los círculos eclesiásticos. Como eran de ideas opuestas, su relación se limitaba al saludo cordial y educado, con mucho respeto aunque poco afecto.

Doña Aurora era muy religiosa, y había perdido ya un hijo, llamado Amado, a manos de los "rojos". Vivía casi recluída en su casa, acompañada de su suegra, ya muy anciana, y pasando penurias por la escasez de alimentos que por entonces estaban racionados.

Eduardo vivía con su mujer, eran de izquierdas y desconozco si tenían hijos por entonces, ya que en esta historia no aparecen. Tenía Eduardo un pequeño terreno en la zona de "les Deveses", que cultivaba con tesón y del que sacaba lo que por entonces era el cultivo típico en Ibi: aceite, almendras, uva y algún frutal, además de las verduras y hortalizas de temporada.

Estando, pues, cierto día Eduardo en el campo escuchó de pronto un extraño ruido que fue en aumento, como un rugido, o como un vendaval, y que le fue poniendo los vellos de punta, ya que no veía él motivos para tan extraño fenómeno. Miraba a un lado y otro del bancal y no pudo ver nada fuera de lo común. Olivos, almendros y todo lo demás estaba en su sitio, como siempre, y nada se movía de forma extraña, ni había animal o cosa cercana que pudiese provocar el estruendo.

De pronto escuchó una voz grave y profunda que le decía: "Tio Eduardo, no s'espante. Sóc Amado, el fill de la senyora Aurora. Necessite que faça una cosa per mi: porte-li a ma mare una gerra d'oli, ja que ella no té i la meua iaia la martiritza dient-li que és una mala nora, que la vol fer morir de fam, tirant-li en cara que no és capaç ni tan sols d'aconseguir-li un poc de pa amb oli per a menjar. Diga-li a ma mare que no es preocupe per mi, que jo estic ben ací on estic, Auque em preocupa que ella ho estiga passant tan malament."

Cesó el ruido, cesó el estruendo, aunque Eduardo seguía espeluznado y clavado en el suelo sin poder mover un solo músculo. Cuando pudo volver a ser dueño de su cuerpo, salió disparado a todo correr hacia su casa, dejándose los aperos y las herramientas en el campo, la chaqueta en la pequeña caseta y sin mirar atrás. No supo cómo llegó a su casa, pero el caso es que llegó casi sin resuello, entró asustado se sentó en la entrada dando arcadas por el esfuerzo realizado y sin poder hablar. Su mujer, Ángeles, le preguntaba asustada qué era lo que le pasaba, si es que le había sucedido algún percance, si se encontraba enfermo, pero él no podía hablar. En parte por el esfuerzo y la tremenda carrera que había hecho, pero sobre todo porque todavía llevaba el susto en el cuerpo.

Cuando pudo hablar, entre toses y suspiros, le dijo a su mujer: "Ángeles, porta-li una gerra d'oli a la senyora Aurora, que després et conte el que m'ha passat."

Ángeles, como vió que no podía sacarle más explicaciones a su marido y vió que éste tenía tan gran determinación, llenó una pequeña jarra de aceite y cruzó el callejón entrando en casa de la señora Aurora. Por aquel entonces, todas las casa estaban abiertas y a nadie se le hubiese ocurrido entrar en casa de nadie con malas intenciones.

- ¿"Qui hi ha açí"? - preguntó Ángeles al entrar.
- ¡Hola, Ángeles, bon día! ¿en qué puc ajudar-te? - saludó doña Aurora, extrañada por la inusual e inesperada visita de su vecina.

Ángeles, que no sabía cómo explicarle de una forma coherente el motivo de su visita, titubeó un instante y le dijo un poco nerviosa:

- Pos res, que ha vingut el meu home del bancal i m'ha dit: pórtali una gerreta d'oli a la señó Aurora, que segur que no en tenen i els fará falta. I açí estic, a portar-li esta gerreta!

- Mare de Déu! - le dijo la señora Aurora entre lágrimas. - Moltes gràcies filla! La Mare de Déu t'envía, perque sí que mos fa molta falta, no en tenim gens i la meua sogra em matirissa cada día dien-me que no tinc cor per no fer-li ni tan mateix un poquet de pa n'oli, en la fam que té! Desde que Amado va morir, que no tenim quí mire per mosatros. Que Déu te ho pague filla meua!

Cuando Ángeles volvió a su casa, Eduardo le contó todo lo sucedido en el campo esa mañana, y fueron luego ambos a contárselo a la señora Aurora, a llevarle el mensaje de su hijo Amado, y le llevaron otra jarra de aceite, que ya nunca faltó en casa de la maestra.

Esta historia la contaba la propia señora Aurora a mi madre y a otras compañeras que asistían a las reuniones de Acción Católica que eran tan frecuentes cuando terminó la guerra. Os la cuento porque me parece muy curiosa y característica de aquéllos días. Hoy sería una historia para ser tratada en el programa de Íker Jiménez, ¿no os parece?

domingo, 28 de junio de 2009

Historias de mi madre - La cabra

A mi madre le gusta contar historias, cosas que le pasaban a ella cuando era pequeña, o que habían pasado a gente que conocía ella. Siempre le ha gustado contarlas, y ahora que su edad pasa de los ochenta parece que le da más gusto contarlas.

Una de las más curiosas se refiere a la cabra que tenían cuando era ella pequeña. Su padre, mi abuelo, la compró para tener leche con que alimentar a mi madre, que no era de buen comer.

En aquéllas fechas, mis abuelos vivían en la calle Santo Tomás, en Ibi, al lado de la "Escoleta", primer Colegio de Ibi, y cuyo solar ocupa ahora el Ayuntamiento. Para apacentar a la cabra llegaron a un acuerdo con un pastor que se la llevaba, junto con su rebaño, y la devolvía al terminar la jornada, ya al atardecer.

Al poco tiempo, la cabra aprendió el itinerario para ir a casa del pastor, e iba y volvía ella sola. El pastor vivía en la calle Berlandí, por lo que la cabra tenía que pasar por la calle Les Eres, la Plaça de l’Esglesia, San Juan y Berlandí. Todos los días hacía ella sola el trayecto de ida y de vuelta.

En ocasiones, cuando llegaba a casa y encontraba la puerta cerrada, circunstancia que ocurría en pocas ocasiones ya que por aquellos entonces todas las casas permanecían con las puertas de par en par. Todo el mundo se conocía y se respetaban las normas de urbanidad y la propiedad ajena. Cuando la cabra encontraba la puerta cerrada, balaba para que le abriesen y entraba tan campante hacia su corral.

La cabra era muy puntual en sus idas y venidas y no solía retrasarse. Pero un día la cabra no volvía. Ya casi era de noche cuando mi abuela le dijo a mi madre: “mira, la cabra no ha vuelto todavía y ya es muy tarde. Ve a casa del cabrero, a ver qué es lo que ha pasado.”

Mi madre inició el recorrido que hacía la cabra por la calle de Les Eres y, conforme se acercaba a la Plaça de l’Esglesia, le llegaban las notas de la banda de música que ensayaba en los locales del Casino, el Club de los ricos terratenientes del pueblo. Cuando dobló la equina de la Plaça, se encontró a la cabra escuchando embelesada la pieza que en aquellos momentos interpretaba la banda. La gente que pasaba por allí sonreían y se admiraban de que la cabra estuviese allí en medio de la Plaça, junto a la fuente, mirando atenta al Casino, que se encontraba donde ahora está el monumento a la Virgen “Mare de Deu del Desamparats”.

No hubo forma de mover de allí a la cabra, ni estirando del collar, ni empujando, ni mucho menos con razonamientos. Hasta que no acabó la pieza musical, la cabra no quiso irse.

Así fue cómo quedó demostrado que las cabras, si no inteligentes, por lo menos sí son sensibles a la belleza y armonía musical. Como casi todo el mundo.



La foto del monumento de la Virgen es del álbum de Paco
Las que hacen referencia al antiguo Ibi, del blog de fotos antiguas de Ibi