Hoy tenía intención de referirme a la enorme relación que existe entre todas las actividades humanas y las emociones. Y lo quería hacer motivado por una actividad que estamos promoviendo en la FAPA y en las AMPAs de Ibi relacionada con la prevención de la drogodependencia.
Normalmente, pensamos en las
drogas como productos y situaciones que se derivan de una gran variedad y cantidad de oferta que incita a su consumo a los más jóvenes, por ser los más vulnerables.
Normalmente se comienza con el alcohol, la "maría", el hachis, cosas asequibles por cantidad y precio.
Los padres, los educadores y la sociedad en general, tratamos de evitar que los jóvenes y niños se asomen a este sórdido mundo a través del miedo a sus consecuencias. Desde luego, es un motivo de disuasión, aunque no es un método eficaz en sí mismo.
Antes de conectar el ordenador, he sentido el impulso de ver las noticias de la televisión y, entre tantas noticias he de destacar una que era la que necesitaba para completar esta entrada: se está detectando un serio aumento de los casos de
depresión infantil, algo que, al parecer, extraña a la sociedad en su conjunto. Siempre hemos asociado a la infancia como el período más feliz, con sus contadas excepciones, de la vida de un ser humano. O, al menos, con un período exento de preocupaciones vitales.
Sin embargo, cada día es menos cierto esto. La base para gozar de una buena salud psicológica estriba en el equilibrio y estabilidad emocional. Hasta los 14 años, esa estabilidad emocional la proporcionan los padres o el entorno familiar. Es fácil observar que cada día es más dificil que el entorno familiar sea capaz de garantizar el equilibrio emocional de los niños.
Si comenzamos por aceptar (y aquí cada uno haga su propio análisis) que los adultos no gozamos de total equilibrio emocional, que no siempre sabemos gestionar adecuadamente nuestras emociones y sentimientos, solemos caer en arrebatos y extremos en nuestras relaciones con la pareja y con los hijos, éstos últimos, que por fuerza tienen que aprender de nosotros, adquieren unas pautas de comportamiento que les llevan a repetir los patrones aprendidos.
El sistema social y económico, de consumo, que hemos adoptado, obliga cada día más a los dos cónyuges a invertir más tiempo en conseguir recursos para satisfacer las "
necesidades" de hoy en día. Necesidades físicas y materiales, que son muy importantes, pero que no son, en su mayoría, vitales. Esto nos resta tiempo y motivación para atender las
necesidades emocionales de nuestros hijos.
Si nuestros hijos no
aprenden de nosotros pautas y habilidades sociales, cuando llega el momento de valerse por sí mismos en la sociedad, se sienten inseguros, o frustrados, o utilizan modos de relación basados en lo que han aprendido: intolerancia, insolidaridad, violencia, impaciencia para satisfacer los caprichos...
Esta insatisfacción personal, conlleva el deseo de compensarla buscando emociones que hagan sentir, aunque sea momentáneamente, algo parecido a la felicidad, a la satisfacción. Y el que busca, encuentra.
Y ahí les está esperando el destellante y luminoso mundo del alcohol y las drogas.
Y al final de todo, la insatisfacción y la depresión.
Todo esto es importante y se puede desarrollar y profundizar mucho más, pero no aquí. Ese es un trabajo personal de cada uno, o colectivo a través de grupos y asociaciones que comparten inquietudes. Nos quejamos de la sociedad, pero la sociedad somos nosotros mismos. Y las soluciones también las tenemos nosotros.
Para motivarnos un poco, ahí va este cuento: