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viernes, 2 de noviembre de 2007

El valor de las cosas


Hace un tiempo que no escribo en mi bitácora, y es que no tenía mucho que decir. A veces siento que ya está todo dicho, que ya se ha hablado de todo, que no hay nada nuevo de lo que hablar, que todo sería redundar en lo mismo y entonces, ¿para qué volver a insistir?

No obstante, reconozco que un blog, una bitácora, no tiene por qué ser un sitio donde uno se limite a insertar información, o formación. También sirve para expresar un poco los sentimientos, los pensamientos, las inquietudes que tengo y que pueda llegar a necesitar expresar.

El hecho de publicarlo en la Red responde a la necesidad que también tengo de comunicarme con los demás, con la gente que soléis hacerme el honor de asomaros a este espacio.

Hoy me siento bien, he ido al monte a buscar setas, he encontrado unas poquitas, y, sobre todo, he estado conmigo mismo, en un entorno lleno de armonía, con sonidos agradables, con aromas aún más placenteros. Me ha servido para volver a conectar con mi parte menos material.

Me doy cuenta de que cuando mejor estoy conmigo mismo es cuando no estoy preocupado en cosas materiales, es decir, cuando confío en que todo será como debe ser para mi felicidad. Y esa sensación no la he tenido cuando he conseguido las cosas que deseaba. Es por eso que estoy convencido de que las cosas de que disponemos en este mundo no son fines en sí mismas sino medios con los que podemos llegar a mejorar el entorno, la situación presente.

Cuando así lo considero, llego a experimentar esa tranquilidad que da el estar en paz conmigo mismo.

Y, ahora que he vuelto a casa, me encuentro con ganas de compartir estas sensaciones.

Esta es una historia que nos enseña que el verdadero valor de las cosas solo puede ser apreciado por un experto:

"Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?"
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...- y haciendo una pausa agregó Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E...encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
-Bien-asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Que importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-¡¿58 monedas?!-exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Simplemente decirte que en esta entrada me has transmitido esa paz que no necesita palabras,esa que llega con imágenes y aromas.
Gracias Yo:)