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jueves, 3 de enero de 2008

Cuentos del Conde Lucanor


Lo que sucedió a un hombre que por pobreza y falta de otra cosa comía altramuces.

Otro día habla el conde Lucanor con Patronio, su consejero de este modo:


-Patronio, bien se que Dios me ha dado mucho más de lo que me merezco y que en todas las demás cosas solo tengo motivos para estar muy satisfecho, pero a veces me encuentro tan necesitado de dinero que no me importaria dejar esta vida. Os pido que me déis algún consejo para remediar esta aflición mía.

Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, para que vos os consoléis cuando os pase esto os convendría saber lo que pasó a dos hombres que fueron muy ricos.

El conde le rogó que lo contara.

-Señor conde -comenzó Patronio-, uno de estos hombres llegó a tal extremo de pobreza que no le quedaba en el mundo nada que comer. Habiéndose esforzado por encontrar algo, no pudo más que encontrar una escudilla de altramuces. Al recordar cuán rico había sido y al pensar que ahora estaba hambriento y no tenía más que los altramuces, que son tan amargos y saben tan mal, empezó a llorar, aunque sin dejar de comer los altramuces, por la mucha hambre, y de echar las cáscaras hacia atrás.

En medio de esta congoja y este pesar, notó que detrás de él había otra persona y, volviendo la cabeza, vió que un hombre comía las cáscaras de altramuces que él tiraba al suelo. Éste era el otro de quien os dije también había sido rico.

Cuando aquello vió el de los altramuces, preguntó al otro por qué comía las cáscaras. Respondióle que, aunque había sido más rico que él, había ahora llegado a tal extremo de pobreza y tenía tanta hambre que se alegraba mucho de encontrar aquellas cáscaras que él arrojaba. Cuando esto oyó el de los altramuces se consoló, viendo que había otro más pobre que él y que tenía menos motivo para serlo. Con este consuelo se esforzó por salir de pobreza, lo consiguió con ayuda de Dios y volvió otra vez a ser rico.

Vos, señor conde Lucanor, debéis saber que, por permisión de Dios, nadie en el mundo lo logra todo. Pero, pues en todas las demás cosas os hace Dios señalada merced y salís con lo que vos queréis, si alguna vez os falta dinero y pasáis estrecheces, no os entristezcáis, sino tened por cierto que otros más ricos y de más elevada condición las estarán pasando y que se tendrían por felices si pudieran dar a sus gentes aunque fuera menos de lo que vos les dáis a los vuestros.

Al conde agradó mucho lo que dijo Patronio, se consoló y, esforzándose, logró salir, con ayuda de Dios, de la penuria en que se encontraba.

Viendo Don Juan que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen:

Por pobreza nunca desmayéis, pues otros más pobres que vos veréis.

DON JUAN MANUEL. EL CONDE LUCANOR. Cuento X.




Lo que sucedió a un hombre que iba cargado de piedras preciosas y se ahogó en un río


Un día dijo el conde a Patronio que tenía muchas ganas de quedarse en un sitio en el que le habían de dar mucho dinero, lo que le suponía un beneficio grande, pero que tenía mucho miedo de que si se quedaba, correría en peligro su vida: por lo que le rogaba que le aconsejara qué debía hacer.


-Señor conde-respondió Patronio-, para que hagáis lo que creo que os conviene más, me gustaría que supierais lo que sucedió a un hombre que llevaba encima grandes riquezas y cruzaba un río.

El conde preguntó qué le había sucedido.

-Señor conde -dijo Patronio-, un hombre llevaba a cuestas una gran cantidad de piedras preciosas; tantas eran que pesaban mucho. Sucedió que tenía que pasar un río y como llevaba una carga tan grande se hundía mucho más que si no la llevara; al llegar a la mitad del río se empezó a hundir aún más.

Un hombre que estaba en la orilla le comenzó a dar voces y a decirle que si no soltaba aquella carga se ahogaría. Aquél majadero no se dió cuenta que, si se ahogaba, perdería sus riquezas junto con la vida, y, si las soltaba, perdería las riquezas pero no la vida. Por no perder las piedras preciosas que traía consigo no quiso soltarlas y murió en el río.

A vos, señor conde Lucanor, aunque no dudo que os vendría muy bien recibir el dinero y cualquier otra cosa que os quieran dar, os aconsejo que, si hay peligro en quedaros allí, no lo hagais por afán de riquezas. También os aconsejo que nunca aventureis vuestra vida sino en defensa de vuestra honra o por alguna cosa a que estéis obligado, pues el que poco se precia, y arriesga su vida por codicia o frivolidad es aquél que no aspira a hacer grandes cosas.

Por el contrario, el que se precia mucho ha de obrar de modo que le precien también los otros, ya que el hombre no es preciado porque él se precie, sino por hacer obras que le ganen la estimación de los demás. Convencéos de que el hombre que vale precia mucho su vida y no la arriesga por codicia o pequeña ocasión; pero en lo que verdaderamente debe aventurarse nadie la arriesgará de tan buena gana ni tan pronto como el que mucho vale y se precia mucho.

Al conde gustó mucho la moraleja, obró según ella y le fue muy bien.

Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen así:

A quien por codicia la vida aventura, las más de las veces el bien poco dura.

DON JUAN MANUEL. EL CONDE LUCANOR. Cuento XXXVIII.