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domingo, 20 de enero de 2008

El apego

La semana pasada hemos vivido en la familia la experiencia de la pérdida de un ser querido.


No se trata de un ser humano, sino de una perrita, Linda. Esto no le quita importancia al hecho que quiero destacar en esta circunstancia, dado que se trataba del ser que llenaba los muchos momentos de soledad de mi suegro, viudo desde hace casi 10 años.

Para él ha sido un golpe muy fuerte, lo ha sentido muchísimo y le ha hecho revivir el dolor por la pérdida de su mujer. Evidentemente, de esta pérdida se recupera mucho mejor y, tal vez, haya servido como terapia para aprender a reaccionar de forma positiva ante la pérdida de su querida esposa.

Temíamos que fuera incapaz de aceptar otro perrito como compañero de actividades. Mi suegro, con sus 85 años, sigue en activo cultivando un pequeño terreno, su verdadera pasión. La relación afectiva entablada con Linda hizo rebrotar sus apagadas ganas de vivir y fueron un soplo de aire fresco en su interior.

Todo esto me ha traido a la mente todas la teorías que sobre la felicidad y el dolor se han formulado. De todas ellas, la más clara, para mí, es la que expuso Siddhartha Gautama Buda. Las cuatro Nobles Verdades: La Verdad del Sufrimiento, la verdad de la Causa del Sufrimiento, la verdad de la Cesación del Sufrimiento y la verdad del Camino de la cesación del sufrimiento.


En resumen, todo sufrimiento está relacionado con el apego a las cosas y a los seres. Con el miedo a perder lo que tenemos o a no conseguir lo que deseamos. En basar la felicidad en cosas y emociones externas a nosotros mismos, sin atrevernos a mirar hacia nuestro interior por temor a que no nos guste lo que allí veamos. No obstante, aunque todos tenemos zonas oscuras en nuestro ser, no son comparables con las bellezas que guardamos y que, si dejamos aflorar, serán la base de nuestra felicidad.

Y esto es lo que el ser humano necesita y busca en las diferentes religiones con mayor o menor éxito. Un encuentro consigo mismo.

Esto también forma parte de la Educación. Pero, como ha sido siempre, sólo los hambrientos buscan con ganas su alimento.


Sólo quiero aire

Un joven fue a ver a un sabio maestro y le preguntó:

-Señor, ¿qué debo hacer para conseguir lo que yo quiero?.

El sabio no contestó. El joven, después de repetir su pregunta varias veces con el mismo resultado, se marchó y volvió al día siguiente con la misma demanda. No obtuvo ninguna respuesta y entonces volvió por tercera vez y repitió su pregunta:

-¿Qué debo hacer para conseguir lo que yo quiero?


El sabio le dijo:

-Ven conmigo.

Y se dirigieron a un río cercano. Entró en el agua llevando al joven de la mano y cuando alcanzaron cierta profundidad el sabio se apoyó en los hombros del joven y lo sumergió en el agua y pese a los esfuerzos del joven por desasirse de él, allí lo mantuvo. Al fin lo dejó salir y el joven respiró recuperando su aliento. Entonces preguntó el sabio:

-Cuando estabas bajo el agua, ¿qué era lo que más deseabas?

Sin vacilar contestó el joven:

-Aire, quería aire.

-¿No hubieras preferido mejor riquezas, comodidad, placeres, poder o amor?

–No, señor, deseaba aire, necesitaba aire y sólo aire -fue su inmediata respuesta.

-Entonces -contestó el sabio-, para conseguir lo que tú quieres debes quererlo con la misma intensidad que querías el aire, debes luchar por ello y excluir todo lo demás. Debe ser tu única aspiración día y noche. Si tienes ese fervor, conseguirás sin duda lo que quieres.