Motor de búsqueda personalizada

Búsqueda personalizada

Resultados de Búsqueda personalizada

Para contactar conmigo:

Aquí puedes enviar tus aportaciones, noticias, ideas. Son bienvenidas. Guisaet@gmail.com


viernes, 23 de mayo de 2008

La historia de Narciso y Eco


Disputan Júpiter y Juno acerca de cuál de los dos sexos goza más en el momento del amor. Es llamado, como juez, Tiresias, que había sido hombre y mujer; éste, por haber desairado a Juno, enceguece.

Júpiter, no pudiéndole devolver la vista, le otorga el don de la profecía. El primero en quien se vieron ratificados sus vaticinios fue Narciso, que, por estar enamorado de sí mismo, despreció a todas las mujeres y se convirtió en flor.

Entretanto que estos sucesos se desarrollaban, fatalmente, en la Tierra, y que los días del joven Baco seguían su destino, en el Olimpo, Júpiter y Juno, alegres por el auténtico néctar de los dioses, dialogaban acerca de quiénes reciben más placer en el éxtasis carnal: si las mujeres o los varones.

No se ponían de acuerdo, y decidieron someterse al parecer del sabio Tiresias, que había gustado del amor bajo los dos sexos.

¿Bajo los dos sexos? Sí, porque caminando un día por un bosque vio dos serpientes acopladas; dióles con su bastón y... ¡oh, cosa admirable!, se convirtió él, allí mìsmo, en mujer. Siete años después, vio a las mismas serpientes acopladas y pensó: "Si a quien os hiere dáis contrario sexo..." Volviólas a tocar con su bastón y quedó al punto transformado en varón. Tal fue la historia de Tiresias.

Este sabio juez, nombrado para dirimir la contienda, se inclinó por la opinión de Júpiter. Desairada Juno, privóle de la vista. Y como no era posible que un dios se opusiera al castigo dado por otro, Júpiter, queriendo recompensar a Tiresias, concedióle el don de la adivinación, reparando así en parte el mal que la diosa le había causado.

Pronto se hizo célebre el adivino en toda la Beocia por la verdad de sus horóscopos y la gravedad de sus consejos.

La bella Liriope fue la primera que certificó lo maravilloso de sus respuestas. El río Cefiso, enamoradizo, la aprisionó un día en el laberinto de eses de sus aguas y la violó reiteradamente. Quedó embarazada Liriope, y parió un hijo de tal hermosura que desde el momento de nacer ya fue amado por todas las ninfas. Se le llamó Narciso. Su madre acudió a Tiresias para que le adivinara el destino de su hijo, preguntándole si viviría muchos años. La respuesta, frívola al parecer, fue ésta: "Vivirá mucho si él no se ve a sí mismo". Pero el tiempo se encargó de demostrar su tino con el modo de perder la vida Narciso y su pasión insana.

Creció el hijo de Liriope con tales gracias de efebo, que mujeres y hombres le perseguían encalenturados por gozarle. Inútilmente. A hombres y mujeres desdeñaba con una decisión sorprendente. Estando de caza un día, le sorprendió la ninfa Eco...

Eco merece una digresión. Su alegría y parlanchinería cautivaron a Júpiter; sorprendidos en adulterio por Juno, castigóla ésta a que jamás podría hablar por completo; su boca no pronunciaría sino las últimas sílabas de aquello que quisiera expresar.

Pues bien, viendo Eco a Narciso quedó enamorada de él y le fue siguiendo, pero sin que él se diera cuenta. Al fin decide acercársele y exponerle con ardiente palabrería su pasión. Pero..., ¿cómo podrá, si las palabras le faltan?

Por fortuna, la ocasión le fue propicia. Encontrándose solo el mancebo, desea darse cuenta por dónde pueden caminar sus acompañantes, y grita: "¿Quién está aquí?".

Eco repite las últimas palabras: "... está aquí".

Maravillado queda Narciso de esta voz dulcísima de quien no ve. Vuelve a gritar: "¿Dónde estas?"

Eco repite: "... de estás?".

Narciso remira, se pasma. "¿Por qué me huyes?"

Eco repite: "...me huyes".

Y Narciso: "¡Juntémonos!"

Y Eco: "... juntémonos".

Por fin se encuentran. Eco abraza al ya desilusionado mancebo. Y éste dice terriblemente frío: "no pensarás que yo te amo..."

Y Eco repite, acongojada: "... yo te amo".

"¡Permitan los dioses soberanos --grita él-- que antes la muerte me deshaga que tú goces de mí!"

Y Eco: "...¡que tú goces de mi!"

Huyó, implacable, Narciso. Y la ninfa, así menospreciada, se refugió en lo más solitario de los bosques. La consumía su terrible pasión. Deliraba. Se enfurecía. Y pensó: "¡Ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como me desespero yo!"

Némesis, diosa de la venganza --y, a veces, de la justicia--, escuchó su ruego. En un valle encantador había una fuente de agua extremadamente clara, que jamás había sido enturbiada ni por el cieno ni por los hocicos de los ganados. A esa fuente llegó Narciso, y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha...

Lo primero que vio Narciso fue su propia imagen, reflejada en el limpio crístal. Insensatamente creyó que aquel rostro hermosísimo que contemplaba era el de un ser real, ajeno a sí mismo.

Sí, él estaba enamorado de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellas mejillas imberbes, de aquel cuello esbelto, de aquellos cabellos dignos de Apolo. El objeto de su amor era... él mismo. ¡Y deseaba poseerse!

Pareció enloquecer... ¡No encontraba boca para besar! Como una voz interior le reprochó: "¡Insensato! ¿Cómo te has enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera. Retírate de esa fuente y verás cómo la imagen desaparece. Y, sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo... ¡y no la poseerás nunca!"

Alzó los brazos al cielo Narciso. Llorando. Mesándose luego los cabellos. Y gritó, blasfemó casi: "Decidme, selvas, vosotras que habréis sido testigos de tantos idilios apasionados... ¿por qué el Amor es tan cruel para mí? Hace siglos que existís; decidme: ¿visteis nunca un amador obligado a sufrir designios más rudos? Yo veo al objeto de mi pasión y no le puedo encontrar. No me separan de él ni los mares enormes, ni los senderos inaccesibles, ni las montañas, ni los bosques. El agua de una fontana me lo presenta consumido del mismo deseo que a mí me consume. ¡Oh pasión mía! ¡Quienquiera que seáis, aproximáos a mí como a vos me aproximo! ¡Ni mi juventud ni mi belleza son causas para vuestro temor! Yo desdeñé el amor de todas las ninfas... No tengáis para mí el mismo desdén.

Pero... ¿si me amáis, por qué os sirvo de burla? Os tiendo mis brazos y me tendéis los vuestros. Os acerco mi boca y vuestros labios se me ofrecen. ¿Por qué permanecer más tiempo en el error? Debe ser mi própia imagen la que me engaña. Me amo a mí mismo. Atizo el mismo fuego que me devora. ¿Qué será mejor: pedir o que me pidan? ¡Desdichado yo que no puedo separarme de mí mismo!

A mí me pueden amar otros, pero yo no me puedo amar... ¡Ay! El dolor comienza a desanimarme. Mis fuerzas disminuyen. Voy a morir en la flor de la edad. Mas no ha de aterrarme la muerte liberadora de todos mis tormentos.

Moriría triste si hubiera de sobrevivirme el objeto de mi pasión. Pero bien entiendo que vamos a perder dos almas una sola vida".


Dicho esto, tornó Narciso a contemplarse en la misma fuente. Y lloró, ebrio de pasión, ante su propia imagen. Volvió a balbucir frases entrecortadas...

¿Quién? ¿Narciso? ¿Su imagen llorosa? "¿Por qué me huyes? Espérame. Eres la única persona a quien yo adoro. El placer de verte es el único que queda a tu desventurado amante".

Poco a poco Narciso fue tomando los colores finísimos de esas manzanas, coloradas por un lado, blanquecinas y doradas por otro. El ardor le consumía poco a poco. La metamorfosis duró escasos minutos. Al cabo de ellos, de Narciso no quedaba sino una flor hermosísima, al borde de las aguas, que se seguía contemplando en el espejo sutilísimo.

Todavía se cuenta que Narciso, antes de quedar transformado, pudo exclamar: "¡Objeto vanamente amado... adiós...!"

Y Eco: "... ¡adiós!", cayendo en seguida sobre el césped, rota de amor. Las náyades, sus hermanas, le lloraron amargamente mesándose las doradas cabelleras. Las dríadas dejaron romperse en el aire sus lamentaciones.

Pues bien: a los llantos y a las lamentaciones contestaba Eco... cuyo cuerpo no se pudo encontrar.

Y, sin embargo, por montes y valles, en todas las partes del mundo, aún responde Eco a las últimas sílabas de toda la patética humana.