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domingo, 11 de abril de 2010

Un cuento que no lo es

Hoy quiero contaros algo que sucedió en Ibi durante el transcurso de la guerra civil, entre los años 1936 y 1939.

Como sabéis, esa guerra enfrentó a las personas en base a sus creencias e ideas politicas concretándose el enfrentamiento en dos bandos bien diferenciados, bandos que aún hoy en día persisten aunque muy diluidos y con ideologías muy difuminadas, aunque por entonces eran diametralmente opuestas y muy viscerales: la izquierda y la derecha.

Cuando se desató la guerra, Ibi y todo su entorno pertenecía a la zona de izquierdas, o zona roja, y algunas personas con odio reprimido y mal gestionado, dirigieron su apasionamiento hacia la violencia y la represión a las gentes con ideas opuestas.

Tanto en un bando como en otro, había personas con bajos instintos y personas con buen corazón. Entre estas últimas estaban los protagonistas de la historia que os quiero contar. Vivían en la calle "el Rebot", un pequeño callejón que une las calles "costera de Sant Antoni" y la "costera de San Francesc", en el barrio de "Les Costeretes", al pie de Santa Lucía, y vivían frente por frente.

Él se llamaba Eduardo, de la familia "Dimonis". Ella era doña Aurora, maestra y mujer influyente en el pueblo y en los círculos eclesiásticos. Como eran de ideas opuestas, su relación se limitaba al saludo cordial y educado, con mucho respeto aunque poco afecto.

Doña Aurora era muy religiosa, y había perdido ya un hijo, llamado Amado, a manos de los "rojos". Vivía casi recluída en su casa, acompañada de su suegra, ya muy anciana, y pasando penurias por la escasez de alimentos que por entonces estaban racionados.

Eduardo vivía con su mujer, eran de izquierdas y desconozco si tenían hijos por entonces, ya que en esta historia no aparecen. Tenía Eduardo un pequeño terreno en la zona de "les Deveses", que cultivaba con tesón y del que sacaba lo que por entonces era el cultivo típico en Ibi: aceite, almendras, uva y algún frutal, además de las verduras y hortalizas de temporada.

Estando, pues, cierto día Eduardo en el campo escuchó de pronto un extraño ruido que fue en aumento, como un rugido, o como un vendaval, y que le fue poniendo los vellos de punta, ya que no veía él motivos para tan extraño fenómeno. Miraba a un lado y otro del bancal y no pudo ver nada fuera de lo común. Olivos, almendros y todo lo demás estaba en su sitio, como siempre, y nada se movía de forma extraña, ni había animal o cosa cercana que pudiese provocar el estruendo.

De pronto escuchó una voz grave y profunda que le decía: "Tio Eduardo, no s'espante. Sóc Amado, el fill de la senyora Aurora. Necessite que faça una cosa per mi: porte-li a ma mare una gerra d'oli, ja que ella no té i la meua iaia la martiritza dient-li que és una mala nora, que la vol fer morir de fam, tirant-li en cara que no és capaç ni tan sols d'aconseguir-li un poc de pa amb oli per a menjar. Diga-li a ma mare que no es preocupe per mi, que jo estic ben ací on estic, Auque em preocupa que ella ho estiga passant tan malament."

Cesó el ruido, cesó el estruendo, aunque Eduardo seguía espeluznado y clavado en el suelo sin poder mover un solo músculo. Cuando pudo volver a ser dueño de su cuerpo, salió disparado a todo correr hacia su casa, dejándose los aperos y las herramientas en el campo, la chaqueta en la pequeña caseta y sin mirar atrás. No supo cómo llegó a su casa, pero el caso es que llegó casi sin resuello, entró asustado se sentó en la entrada dando arcadas por el esfuerzo realizado y sin poder hablar. Su mujer, Ángeles, le preguntaba asustada qué era lo que le pasaba, si es que le había sucedido algún percance, si se encontraba enfermo, pero él no podía hablar. En parte por el esfuerzo y la tremenda carrera que había hecho, pero sobre todo porque todavía llevaba el susto en el cuerpo.

Cuando pudo hablar, entre toses y suspiros, le dijo a su mujer: "Ángeles, porta-li una gerra d'oli a la senyora Aurora, que després et conte el que m'ha passat."

Ángeles, como vió que no podía sacarle más explicaciones a su marido y vió que éste tenía tan gran determinación, llenó una pequeña jarra de aceite y cruzó el callejón entrando en casa de la señora Aurora. Por aquel entonces, todas las casa estaban abiertas y a nadie se le hubiese ocurrido entrar en casa de nadie con malas intenciones.

- ¿"Qui hi ha açí"? - preguntó Ángeles al entrar.
- ¡Hola, Ángeles, bon día! ¿en qué puc ajudar-te? - saludó doña Aurora, extrañada por la inusual e inesperada visita de su vecina.

Ángeles, que no sabía cómo explicarle de una forma coherente el motivo de su visita, titubeó un instante y le dijo un poco nerviosa:

- Pos res, que ha vingut el meu home del bancal i m'ha dit: pórtali una gerreta d'oli a la señó Aurora, que segur que no en tenen i els fará falta. I açí estic, a portar-li esta gerreta!

- Mare de Déu! - le dijo la señora Aurora entre lágrimas. - Moltes gràcies filla! La Mare de Déu t'envía, perque sí que mos fa molta falta, no en tenim gens i la meua sogra em matirissa cada día dien-me que no tinc cor per no fer-li ni tan mateix un poquet de pa n'oli, en la fam que té! Desde que Amado va morir, que no tenim quí mire per mosatros. Que Déu te ho pague filla meua!

Cuando Ángeles volvió a su casa, Eduardo le contó todo lo sucedido en el campo esa mañana, y fueron luego ambos a contárselo a la señora Aurora, a llevarle el mensaje de su hijo Amado, y le llevaron otra jarra de aceite, que ya nunca faltó en casa de la maestra.

Esta historia la contaba la propia señora Aurora a mi madre y a otras compañeras que asistían a las reuniones de Acción Católica que eran tan frecuentes cuando terminó la guerra. Os la cuento porque me parece muy curiosa y característica de aquéllos días. Hoy sería una historia para ser tratada en el programa de Íker Jiménez, ¿no os parece?

viernes, 8 de mayo de 2009

La llegenda de Sant Jordi, el Drac i la princesa de Banyeres

Una amiga de Banyeres de Mariola, población al norte de la provincia de Alicante, me ha pasado un correo con la dirección en YouTube en que está ubicado el vídeo promocional de la representación de "la Llegenda", en honor a San Jorge, y que es representada al aire libre cada tres años, contando con la participación de más de doscientas personas, además de músicos y efectos especiales.

Yo no tenía conocimiento de esta magna representación que lleva a cabo la Associació de la Llegenda de Sant Jordi, de Banyeres, y que se celebra durante las fiestas en honor de la Magdalena, patrona de la ciudad. Las fiestas mayores de la ciudad son en honor a San Jorge, y se celebran mediante los tradicionales desfiles de Moros y Cristianos (este enlace es a la página de Moros y Crisitianos de Ibi, que es mañana l'Avís). En toda la comarca del Alcoiá, San Jorge cuenta con una especial devoción y sentimiento de propiedad de los ciudadanos.

En el año 1981, con motivo ce la celebración del 200 aniversario de la llegada de la reliquia del Santo a la ciudad, se representó por primera vez esta "Llegenda". Jorge García Vilar fue su autor y el director de la obra original. En el transcurso de los años, han sido añadidos diversos elementos que han enriquecido el conjunto, dando como resultado un espectáculo digno de figurar entre los de mayor interés cultural y turístico de la Comunidad Valenciana.

Este año toca representación. Será el sábado 18 de julio, en el parque Villa Rosario, a las 22'30h.

Pero mejor que veáis el vídeo que ha producido la Asociación de la Leyenda, para haceros una idea de conjunto.

miércoles, 29 de abril de 2009

Anécdotas de ...

Albert Einstein

Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta: "¿Dios creó todo lo que existe?"
Un estudiante contestó: "- Si, lo hizo."
- "Dios creó todo?"
- "Sí señor," respondió el joven.
El profesor contestó: -"Si Dios creó todo, entonces Dios hizo al mal, pues el mal existe, y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo."
El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe Cristiana era un mito.
Albert Einstein levantó su mano y dijo: "¿Puedo hacer una pregunta, profesor?"
- "Por supuesto, respondió el profesor.
El joven se puso de pie y preguntó:
- "¿Profesor, existe el frío ?
- "¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?" El muchacho respondió:

- "De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor. Y, ¿existe la oscuridad?" -continuó el estudiante.
El profesor respondió:
- "Por supuesto."
El estudiante contestó:
- "Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuán oscuro está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente."

Finalmente, el joven preguntó al profesor:
- "Señor, ¿existe el mal?
El profesor respondió:
- "Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal."
A lo que el estudiante respondió:
- "El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó al mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz."
Entonces el profesor, después de asentar con la cabeza, se quedó callado.

viernes, 23 de mayo de 2008

La historia de Narciso y Eco


Disputan Júpiter y Juno acerca de cuál de los dos sexos goza más en el momento del amor. Es llamado, como juez, Tiresias, que había sido hombre y mujer; éste, por haber desairado a Juno, enceguece.

Júpiter, no pudiéndole devolver la vista, le otorga el don de la profecía. El primero en quien se vieron ratificados sus vaticinios fue Narciso, que, por estar enamorado de sí mismo, despreció a todas las mujeres y se convirtió en flor.

Entretanto que estos sucesos se desarrollaban, fatalmente, en la Tierra, y que los días del joven Baco seguían su destino, en el Olimpo, Júpiter y Juno, alegres por el auténtico néctar de los dioses, dialogaban acerca de quiénes reciben más placer en el éxtasis carnal: si las mujeres o los varones.

No se ponían de acuerdo, y decidieron someterse al parecer del sabio Tiresias, que había gustado del amor bajo los dos sexos.

¿Bajo los dos sexos? Sí, porque caminando un día por un bosque vio dos serpientes acopladas; dióles con su bastón y... ¡oh, cosa admirable!, se convirtió él, allí mìsmo, en mujer. Siete años después, vio a las mismas serpientes acopladas y pensó: "Si a quien os hiere dáis contrario sexo..." Volviólas a tocar con su bastón y quedó al punto transformado en varón. Tal fue la historia de Tiresias.

Este sabio juez, nombrado para dirimir la contienda, se inclinó por la opinión de Júpiter. Desairada Juno, privóle de la vista. Y como no era posible que un dios se opusiera al castigo dado por otro, Júpiter, queriendo recompensar a Tiresias, concedióle el don de la adivinación, reparando así en parte el mal que la diosa le había causado.

Pronto se hizo célebre el adivino en toda la Beocia por la verdad de sus horóscopos y la gravedad de sus consejos.

La bella Liriope fue la primera que certificó lo maravilloso de sus respuestas. El río Cefiso, enamoradizo, la aprisionó un día en el laberinto de eses de sus aguas y la violó reiteradamente. Quedó embarazada Liriope, y parió un hijo de tal hermosura que desde el momento de nacer ya fue amado por todas las ninfas. Se le llamó Narciso. Su madre acudió a Tiresias para que le adivinara el destino de su hijo, preguntándole si viviría muchos años. La respuesta, frívola al parecer, fue ésta: "Vivirá mucho si él no se ve a sí mismo". Pero el tiempo se encargó de demostrar su tino con el modo de perder la vida Narciso y su pasión insana.

Creció el hijo de Liriope con tales gracias de efebo, que mujeres y hombres le perseguían encalenturados por gozarle. Inútilmente. A hombres y mujeres desdeñaba con una decisión sorprendente. Estando de caza un día, le sorprendió la ninfa Eco...

Eco merece una digresión. Su alegría y parlanchinería cautivaron a Júpiter; sorprendidos en adulterio por Juno, castigóla ésta a que jamás podría hablar por completo; su boca no pronunciaría sino las últimas sílabas de aquello que quisiera expresar.

Pues bien, viendo Eco a Narciso quedó enamorada de él y le fue siguiendo, pero sin que él se diera cuenta. Al fin decide acercársele y exponerle con ardiente palabrería su pasión. Pero..., ¿cómo podrá, si las palabras le faltan?

Por fortuna, la ocasión le fue propicia. Encontrándose solo el mancebo, desea darse cuenta por dónde pueden caminar sus acompañantes, y grita: "¿Quién está aquí?".

Eco repite las últimas palabras: "... está aquí".

Maravillado queda Narciso de esta voz dulcísima de quien no ve. Vuelve a gritar: "¿Dónde estas?"

Eco repite: "... de estás?".

Narciso remira, se pasma. "¿Por qué me huyes?"

Eco repite: "...me huyes".

Y Narciso: "¡Juntémonos!"

Y Eco: "... juntémonos".

Por fin se encuentran. Eco abraza al ya desilusionado mancebo. Y éste dice terriblemente frío: "no pensarás que yo te amo..."

Y Eco repite, acongojada: "... yo te amo".

"¡Permitan los dioses soberanos --grita él-- que antes la muerte me deshaga que tú goces de mí!"

Y Eco: "...¡que tú goces de mi!"

Huyó, implacable, Narciso. Y la ninfa, así menospreciada, se refugió en lo más solitario de los bosques. La consumía su terrible pasión. Deliraba. Se enfurecía. Y pensó: "¡Ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como me desespero yo!"

Némesis, diosa de la venganza --y, a veces, de la justicia--, escuchó su ruego. En un valle encantador había una fuente de agua extremadamente clara, que jamás había sido enturbiada ni por el cieno ni por los hocicos de los ganados. A esa fuente llegó Narciso, y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha...

Lo primero que vio Narciso fue su propia imagen, reflejada en el limpio crístal. Insensatamente creyó que aquel rostro hermosísimo que contemplaba era el de un ser real, ajeno a sí mismo.

Sí, él estaba enamorado de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellas mejillas imberbes, de aquel cuello esbelto, de aquellos cabellos dignos de Apolo. El objeto de su amor era... él mismo. ¡Y deseaba poseerse!

Pareció enloquecer... ¡No encontraba boca para besar! Como una voz interior le reprochó: "¡Insensato! ¿Cómo te has enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera. Retírate de esa fuente y verás cómo la imagen desaparece. Y, sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo... ¡y no la poseerás nunca!"

Alzó los brazos al cielo Narciso. Llorando. Mesándose luego los cabellos. Y gritó, blasfemó casi: "Decidme, selvas, vosotras que habréis sido testigos de tantos idilios apasionados... ¿por qué el Amor es tan cruel para mí? Hace siglos que existís; decidme: ¿visteis nunca un amador obligado a sufrir designios más rudos? Yo veo al objeto de mi pasión y no le puedo encontrar. No me separan de él ni los mares enormes, ni los senderos inaccesibles, ni las montañas, ni los bosques. El agua de una fontana me lo presenta consumido del mismo deseo que a mí me consume. ¡Oh pasión mía! ¡Quienquiera que seáis, aproximáos a mí como a vos me aproximo! ¡Ni mi juventud ni mi belleza son causas para vuestro temor! Yo desdeñé el amor de todas las ninfas... No tengáis para mí el mismo desdén.

Pero... ¿si me amáis, por qué os sirvo de burla? Os tiendo mis brazos y me tendéis los vuestros. Os acerco mi boca y vuestros labios se me ofrecen. ¿Por qué permanecer más tiempo en el error? Debe ser mi própia imagen la que me engaña. Me amo a mí mismo. Atizo el mismo fuego que me devora. ¿Qué será mejor: pedir o que me pidan? ¡Desdichado yo que no puedo separarme de mí mismo!

A mí me pueden amar otros, pero yo no me puedo amar... ¡Ay! El dolor comienza a desanimarme. Mis fuerzas disminuyen. Voy a morir en la flor de la edad. Mas no ha de aterrarme la muerte liberadora de todos mis tormentos.

Moriría triste si hubiera de sobrevivirme el objeto de mi pasión. Pero bien entiendo que vamos a perder dos almas una sola vida".


Dicho esto, tornó Narciso a contemplarse en la misma fuente. Y lloró, ebrio de pasión, ante su propia imagen. Volvió a balbucir frases entrecortadas...

¿Quién? ¿Narciso? ¿Su imagen llorosa? "¿Por qué me huyes? Espérame. Eres la única persona a quien yo adoro. El placer de verte es el único que queda a tu desventurado amante".

Poco a poco Narciso fue tomando los colores finísimos de esas manzanas, coloradas por un lado, blanquecinas y doradas por otro. El ardor le consumía poco a poco. La metamorfosis duró escasos minutos. Al cabo de ellos, de Narciso no quedaba sino una flor hermosísima, al borde de las aguas, que se seguía contemplando en el espejo sutilísimo.

Todavía se cuenta que Narciso, antes de quedar transformado, pudo exclamar: "¡Objeto vanamente amado... adiós...!"

Y Eco: "... ¡adiós!", cayendo en seguida sobre el césped, rota de amor. Las náyades, sus hermanas, le lloraron amargamente mesándose las doradas cabelleras. Las dríadas dejaron romperse en el aire sus lamentaciones.

Pues bien: a los llantos y a las lamentaciones contestaba Eco... cuyo cuerpo no se pudo encontrar.

Y, sin embargo, por montes y valles, en todas las partes del mundo, aún responde Eco a las últimas sílabas de toda la patética humana.

lunes, 27 de agosto de 2007

Cuentos, mitos y leyendas

Desde siempre me han fascinado las historias de personajes históricos. Y de entre ellas, las diferentes leyendas y mitos que tratan de explicar el fondo social, la forma de ser y pensar de las sociedades y pueblos del mundo.

De entre todos los protagonistas de esas leyendas o mitos, Prometeo es el que más me ha gustado. Creo que es porque intuyo en su historia la referencia a personajes que ayudaron a la humanidad a superar el estadio de “animales”, para comenzar el arduo camino de llegar a ser “humanos”.
Así que dentro de la pequeña serie de relatos sobre “cuentos, mitos y leyendas”, no me resisto a incluir el relato de la historia de:


Prometeo y el Fuego



El fuego ha parecido siempre a los humanos algo tan portentoso, está su origen tan envuelto en el misterio que, desde los tiempos más remotos, se inventaron leyendas y mitos para explicarlo. La más antigua de esas leyendas es, tal vez, la de Prometeo.

Según los griegos, Prometeo pertenecía a la raza de los Titanes; era, pues, hermano de Atlas, Epimeteo y Menecio, pero muy distinto de ellos, que sólo creían en la fuerza bruta, mientras Prometeo representaba la razón, la inteligencia. Decían también los griegos, en sus viejas leyendas, que era Prometeo quien había creado la raza humana, a la que Atenea –para hacerla capaz de resistir todos los males- dotó con el temor de la liebre, la astucia del zorro, la ambición del pavo real, la ferocidad del tigre y la fuerza del león. Mas no siempre los humanos usaban bien de estos dones, y así se atraían el castigo del Cielo.

De creer en la fábula, fueron muchos los bienes que Prometeo derramó sobre los primeros hombres. Éstos vivían aún en cuevas abiertas entre las rocas, y él les enseñó a hacer casas con troncos de árboles y, más tarde, de ladrillos; fue el primero en uncir el yugo a las bestias fieras, que él convirtió, al domesticarlas, en amigas del hombre; les inició en la ciencia de los números, les infundió la memoria, les enseñó las propiedades de las hierbas medicinales para curar la enfermedad; arrancó a la tierra cobre, hierro, oro y plata; inventó las naves para surcar los mares. Todo esto y más dicen los mitos que Prometeo dio a los hombres.



Y con todo, ellos aún no eran felices. En el comienzo de los tiempos, habían conocido el fuego, pero más tarde Zeus se lo arrebató, en castigo de sus culpas. En vano Prometeo clamaba a favor de la Humanidad ante el enojado Zeus.
-Señor del Olimpo –le decía- , ¿de qué valen los beneficios que derramé sobre los hombres, si les priváis de aquello que les es más necesario? Sin fuego, ¿cómo podrán ablandar un gran número de alimentos, para saciar con ellos su hambre?... ¿Cómo calentarán sus huesos ateridos en las noches del frío invierno? ¿Cómo verán de noche, y cómo ahuyentarán las fieras malignas, si no pueden hacer hogueras ante sus moradas, sean casas o cavernas?... Señor del Olimpo, ¡devolved a los hombres el fuego!...
Pero Zeus fingía no oírle… Entonces Prometeo decidió robar lo que se le negaba. Con ayuda de Atenea, la diosa de la Sabiduría, que ya le había protegido en otras empresas, subió al firmamento, se acercó al carro de Helios, tomó de él el fuego sagrado, y lo bajó a la tierra en un tronco de férula.

Se conmovió el Olimpo:
-¡El fuego! El fuego sagrado, el fuego del Sol, que sólo pertenece a los dioses, ha sido robado por Prometeo, protector de los hombres. ¡Venganza! ¡Venganza!
Zeus juró castigar duramente al osado. Ante todo, llamó a Hefesto, el herrero, y le ordenó forjar una mujer dotada de todas las perfecciones. Y Hefesto obedeció, y aquella mujer, la más bella que jamás existiera, fue presentada a los dioses del Olimpo, que a su vez le otorgaron las más preciosas cualidades. Atenea le enseñó las labores femeniles y Afrodita le dio el poder de enamorar a cuantos la miraran. Hermes le otorgó, con la palabra, el arte de cautivar a quien la escuchara. Por nombre le pusieron Pandora, que significa: “Dotada con todos los dones”.

En tanto, Zeus encerraba, en una preciosa jarra, todos los males, todos los vicios, todos los crímenes y calamidades.
-Toma, Pandora –dijo a la hermosa, entregándole la jarra- , llévala a Prometeo y dile que es un regalo de los dioses. Pero no la abras, ni intentes saber lo que contiene.
Mas sucedió que Prometeo no quiso recibir a Pandora ni, menos, aceptar un regalo de Zeus. Al verse así burlado, Zeus se encolerizó de nuevo. Y otra vez llamó a Hefesto a su presencia:


-Ve, forjador divino –le ordenó-, y que Bía (la Violencia) y Cratos (la Fuerza) te acompañen en la misión de llevar a Prometeo, ladrón del fuego, al monte más alto de la Tierra…
Y he aquí que Prometeo fue vencido, al fin, por Cratos y Bía, terribles mensajeras de Zeus, y conducido a la cima del Cáucaso. Hefesto lamentaba su suerte al tener que someter a terrible tortura al bienhechor de los humanos.
Y allí quedó el desdichado, aherrojado para siempre, diariamente visitado por un águila que acudía para devorarle las entrañas. Hasta que un día, pasados largos años, el gran Heracles, dotado de valor y fuerza sobrenaturales, mataría al águila, rompería los hierros y libertaría a Prometeo encadenado.

martes, 14 de agosto de 2007

Cuentos, mitos y leyendas


Uno de los pueblos que más me han llamado siempre la atención son las diferentes tribus y pueblos indios Americanos. Entre ellos, los Hopi son los que han mostrado una cultura y simbología que más llama la atención.
Los hopi que sobreviven habitan en Arizona, Estados Unidos. Sus profecías les han tributado celebridad; en ellas se inspira el famoso film de Godfrey Reggio, Koyaanisqatsi. Aún a comienzos del siglo XX, mantenían celosamente la pureza de sus ritos ancestrales. En la fotografía tomada en 1900 por Adam Clark Vroman se muestra a indios hopis durante una danza de la serpiente y el antílope cuyo propósito era invocar la lluvia. Aquí, hombres serpientes cantan en línea con una fusta de plumas de águila en la mano.

Uno de los momentos más radiantes de su mitología es su mito de la creación que a continuación os presento:

El MITO HOPI DE LA CREACIÓN

Al comienzo del tiempo, una chispa de conciencia se encendió en el espacio infinito. Esta chispa era el espíritu del sol, llamado Tawa.

Y Tawa creó el primer mundo: una enorme caverna poblada únicamente por insectos. Tawa observó durante unos instantes cómo se movían y sacudiendo la cabeza pensó que aquella población hormigueante era más bien estúpida. Entonces les envió a la Abuela Araña que dijo a los insectos:

-Tawa, el espíritu del sol que os ha creado, está descontento de vosotros porque no comprendéis en absoluto el sentido de la vida. Así que me ha ordenado que os conduzca al segundo mundo, que está por encima del techo de vuestra caverna.

Los insectos se pusieron a trepar hacia el segundo mundo. La ascensión era larga, tan larga y tan penosa que, antes de llegar al segundo mundo, muchos de ellos se habían transformado en animales poderosos. Tawa los contempló y dijo:

-Estos nuevos vivientes son tan estúpidos como los del primer mundo. Tampoco parecen capaces de comprender el sentido de la vida.

Entonces pidió a la Abuela Araña que los condujera al tercer mundo. En el transcurso de este nuevo viaje algunos animales se transformaron en hombres. La Abuela Araña enseñó a los hombre la alfarería y el arte del tejido. Los instruyó convenientemente y en la cabeza de hombres y mujeres comenzó a despuntar un destello, una vaga idea del sentido de la vida. Pero los brujos malvados, que sólo se sentían a gusto en las tinieblas, extinguieron aquel destello de luz y cegaron a los humanos. Los niños lloraban, los hombres peleaban y se lastimaban: habían olvidado el sentido de la vida. Entonces la Abuela Araña volvió a ellos y les dijo:

-Tawa, el espíritu del sol, está muy descontento de vosotros. Habéis desperdiciado la luz que había brotado en vuestras cabezas. Por consiguiente, deberéis ascender al cuarto mundo. Pero esta vez, tendréis que encontrar por vosotros mismos el camino.

Los hombres, perplejos, se preguntaban cómo podrían subir al cuarto mundo. Durante largo tiempo permanecieron en silencio. Al fin, un anciano tomó la palabra:

-Creo haber oído ruido de pasos en el cielo.

-Es cierto -asintieron los demás-. También nosotros hemos oído el caminar de alguien allá arriba.

Así pues, enviaron al «pájaro gato» a explorar el cuarto mundo que parecía habitado. EI pájaro gato se coló por un agujero del cielo y pasó al cuarto mundo, donde descubrió un país semejante al desierto de Arizona. Sobrevoló el país y divisó a lo lejos una cabaña de piedra. Al aproximarse, vio delante de la cabaña a un hombre que parecía dormir, sentado contra la pared. El pájaro gato se posó junto a él y el hombre despertó. Su rostro era extraño, pavoroso; completamente rojo, cubierto de cicatrices, quemaduras y costras de sangre, con unos trazos negros pintados sobre los pómulos y sobre la nariz. Sus ojos estaban tan hundidos en las órbitas que eran casi invisibles, a pesar de lo cual el pájaro gato vio brillar en ellos un resplandor aterrador. Reconoció a aquel personaje: era la Muerte. La Muerte miró detenidamente al pájaro gato y le dijo gesticulando:

-¿No tienes miedo de mí?

-No-respondió el pájaro-. Vengo de parte de los hombres que habitan el mundo que está debajo de éste. Quieren compartir contigo este país. ¿Es eso posible?

La Muerte reflexionó unos momentos.
-Si los hombres quieren venir -dijo finalmente con aire sombrío-, que vengan.

El pájaro gato volvió a bajar al tercer mundo y contó a los hombres lo que había visto.

-La Muerte acepta compartir con vosotros su país-les comunicó.

-¡Gracias le sean dadas! -respondieron los hombres-. ¿Pero cómo podremos subir hasta allá arriba? Pidieron consejo a la Abuela Araña y ésta les dijo:

-Plantad un bambú en el centro de vuestro poblado y cantad para ayudarle a crecer.

Así hicieron los hombres y el bambú creció. Cada vez que los cantores tomaban aliento entre dos estrofas, se formaba un nudo en el tallo del bambú. Cantaban sin cesar y la abuela araña danzaba y danzaba para ayudar a que el bambú creciera bien derecho. Del alba hasta el crepúsculo cantaron sin tregua hasta que, por fin, la Abuela Araña exclamó:

-¡Mirad! ¡La punta del bambú ha pasado por el agujero del cielo!

Entonces los hombres empezaron a trepar por el bambú, alegres como niños. Nada llevaban consigo, estaban desnudos, tan desprovistos como el primer día de su vida.
-¡Sed prudentes! -les gritó la abuela-. ¡Sed prudentes!

Pero ya no le oían, estaban demasiado arriba. Alcanzaron el cuarto mundo y en él construyeron poblados, plantaron maíz, calabazas y melones, hicieron jardines y huertos. Y esta vez, para no olvidar el sentido de la vida, inventaron las leyendas. (*)

Para saber algo más, este enlace o este otro


(*) Fuente: El árbol de los soles. Mitos y leyendas del mundo entero, de Henri Gougaud, Editorial Crítica, Barcelona.


domingo, 12 de agosto de 2007

Cuentos, fábulas y leyendas






Cuentos Zen

El Increíble Ki

Un Maestro de combate a mano desnuda enseñaba su arte en una ciudad de provincia. Su reputación era tal en la región que nadie podía competir con el. Los demás profesores de artes marciales se encontraban sin discípulos.

Un joven experto que había decidido establecerse y enseñar en los alrededores quiso ir un día a provocar a este famoso Maestro con el fin de terminar con su reinado.

El experto se presento en la escuela del Maestro. Un anciano le abrió la puerta y le pregunto que deseaba. El joven anunció sin dudar su intención. El anciano, visiblemente contrariado, le explicó que esa idea era un suicidio ya que la eficacia del Maestro era temible.

El experto, con el fin de impresionar a este viejo medio chocho que dudaba de su fuerza, cogió una plancha de madera que andaba por allí y de un rodillazo la partió en dos. El anciano permaneció imperturbable. El visitante insistió de nuevo en combatir con el Maestro, amenazando con romperlo todo para demostrar su determinación y sus capacidades. El buen hombre le rogó que esperara un momento y desapareció.

Poco tiempo después volvió con un enorme trozo de bambú en la mano. Se lo dio al joven y le dijo:

- El Maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo los bambúes de este grosor. No puedo tomar en serio su petición si usted no es capaz de hacer lo mismo.

El joven presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo mismo que había hecho con la plancha de madera, pero finalmente renunció, exhausto y con los miembros doloridos. Dijo que ningún hombre podía romper ese bambú con la mano desnuda. El anciano replicó que el Maestro podía hacerlo. Aconsejó al visitante que abandonara su proyecto hasta el momento que fuera capaz de hacer lo mismo.

Abrumado, el experto juró volver y superar la prueba.

Durante dos años se entrenó intensivamente rompiendo bambúes. Sus músculos y su cuerpo se endurecían día a día. Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó de nuevo en la puerta de la escuela, seguro de sí. Fue recibido por el mismo anciano. Exigió que le trajeran uno de esos famosos bambúes de la prueba y no tardo en calarlo entre dos piedras. Se concentró durante algunos segundos, levanto la mano y lanzando un terrible grito rompió el bambú. Con una gran sonrisa de satisfacción en los labios se volvió hacía el frágil anciano. Este le declaró un poco molesto:

- Decididamente soy imperdonable. Creo que he olvidado precisar un detalle: el Maestro rompe el bambú... sin tocarlo.

El joven, fuera de sí, contestó que no creía en las promesas de este Maestro cuya simple existencia no había podido verificar.
En ese momento, el anciano cogió un bambú y lo ató a una cuerda que colgaba del techo. Después de haber respirado profundamente, sin quitar los ojos de bambú, lanzó un terrible grito que surgió de lo más profundo de su ser, al mismo tiempo que su mano, igual que un sable, hendió el aire y se detuvo a 5 centímetros del bambú... que saltó en pedazos.

Subyugado por el choque que acababa de recibir, el experto se quedó durante varios minutos sin poder decir un palabra, estaba petrificado. Por último pidió humildemente perdón al anciano Maestro por su odioso comportamiento y le rogó que lo aceptara como discípulo.


Concentración


Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón retó a un maestro Zen que era reconocido por su destreza como arquero.

El joven demostró una notable técnica cuando le dió al ojo de un lejano toro en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro. "Ahí está", le dijo al viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!".

Inmutable, el maestro no desenfundo su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco.

Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo.

"Ahora es tu turno", dijo mientras se paraba graciosamente en tierra firme.

Contemplando con terror el abismo aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro.

"Tienes mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente que te hace errar el tiro".

jueves, 9 de agosto de 2007

Cuentos, Fábulas y leyendas


En vacaciones, es normal y aconsejable, en nuestra cultura, cambiar de actividad, relajarse o sólo cambiar el ritmo llevado durante el resto del año.

A mí, que me gusta leer, también me gusta compartir aquéllo que me gusta a mí con quien quiera aceptar lo que ofrezco y se me ha ocurrido insertar varios cuentos de diversas culturas, para solaz y comentario vuestro, amables lectores.

No son míos, ¡ya quisiera yo! Pero como si lo fueran. Éste es Sufí. Lo más probable es que todos sepáis qué es el Sufismo. Pero puede que alguien no haya tropezado aún con este concepto y tenga curiosidad. Juan Bautista Pino Pérez ha recopilado muchos cuentos que resumen el pensamiento de esta filosofía de vida. Ahí va uno de esos cuentos:

¿Buena o mala suerte?


Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las baldas que hacían de cuadra. El vecino que se percató de este hecho corrió a la puerta de nuestro hombre diciéndole:

-Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes con los que se había unido. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:

-No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar. ¡Qué buena suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Más adelante el hijo de nuestro hombre montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y cayó al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:

-¡Qué mala suerte has tenido! Tu hijo se accidentó y no podrá ayudarte, tu eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez lo miró y dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.

Pasó el tiempo y en ese país estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército iba por los campos reclutando a los jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al de nuestro hombre se le declaró no apto por estar imposibilitado. Nuevamente el vecino corrió diciendo:

-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

Otra vez el hombre lo miró diciendo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Sólo Allah lo sabe.