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domingo, 28 de junio de 2009

Historias de mi madre - La cabra

A mi madre le gusta contar historias, cosas que le pasaban a ella cuando era pequeña, o que habían pasado a gente que conocía ella. Siempre le ha gustado contarlas, y ahora que su edad pasa de los ochenta parece que le da más gusto contarlas.

Una de las más curiosas se refiere a la cabra que tenían cuando era ella pequeña. Su padre, mi abuelo, la compró para tener leche con que alimentar a mi madre, que no era de buen comer.

En aquéllas fechas, mis abuelos vivían en la calle Santo Tomás, en Ibi, al lado de la "Escoleta", primer Colegio de Ibi, y cuyo solar ocupa ahora el Ayuntamiento. Para apacentar a la cabra llegaron a un acuerdo con un pastor que se la llevaba, junto con su rebaño, y la devolvía al terminar la jornada, ya al atardecer.

Al poco tiempo, la cabra aprendió el itinerario para ir a casa del pastor, e iba y volvía ella sola. El pastor vivía en la calle Berlandí, por lo que la cabra tenía que pasar por la calle Les Eres, la Plaça de l’Esglesia, San Juan y Berlandí. Todos los días hacía ella sola el trayecto de ida y de vuelta.

En ocasiones, cuando llegaba a casa y encontraba la puerta cerrada, circunstancia que ocurría en pocas ocasiones ya que por aquellos entonces todas las casas permanecían con las puertas de par en par. Todo el mundo se conocía y se respetaban las normas de urbanidad y la propiedad ajena. Cuando la cabra encontraba la puerta cerrada, balaba para que le abriesen y entraba tan campante hacia su corral.

La cabra era muy puntual en sus idas y venidas y no solía retrasarse. Pero un día la cabra no volvía. Ya casi era de noche cuando mi abuela le dijo a mi madre: “mira, la cabra no ha vuelto todavía y ya es muy tarde. Ve a casa del cabrero, a ver qué es lo que ha pasado.”

Mi madre inició el recorrido que hacía la cabra por la calle de Les Eres y, conforme se acercaba a la Plaça de l’Esglesia, le llegaban las notas de la banda de música que ensayaba en los locales del Casino, el Club de los ricos terratenientes del pueblo. Cuando dobló la equina de la Plaça, se encontró a la cabra escuchando embelesada la pieza que en aquellos momentos interpretaba la banda. La gente que pasaba por allí sonreían y se admiraban de que la cabra estuviese allí en medio de la Plaça, junto a la fuente, mirando atenta al Casino, que se encontraba donde ahora está el monumento a la Virgen “Mare de Deu del Desamparats”.

No hubo forma de mover de allí a la cabra, ni estirando del collar, ni empujando, ni mucho menos con razonamientos. Hasta que no acabó la pieza musical, la cabra no quiso irse.

Así fue cómo quedó demostrado que las cabras, si no inteligentes, por lo menos sí son sensibles a la belleza y armonía musical. Como casi todo el mundo.



La foto del monumento de la Virgen es del álbum de Paco
Las que hacen referencia al antiguo Ibi, del blog de fotos antiguas de Ibi

1 comentario:

Basseta dijo...

Hay humanos hoy en día con menos sensibilidad de la demostrada por la cabra de tu madre.

Por cierto, que la recuerdo perfectamente y hace mucho tiempo que no la veo. Dale un beso de mi parte.