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miércoles, 27 de febrero de 2008

En busca de las raíces del Saber


Vivimos unos tiempos convulsos en los que en el ranking de valores ya no están en los primeros puestos los tradicionales valores de la honestidad, la honradez, la valentía, la frugalidad, el decoro, la humildad, el respeto, etc.

Cada día parecen ser más numerosas las noticias relativas a la violencia doméstica, al enfrentamiento social, a las dificultades para sostener el ritmo social, los múltiples gastos que conlleva estar a la altura de la gente "bien". Parece ser que si no sales a cenar los fines de semana, no eres feliz. Que si no cambias de coche cada cinco años, no eres feliz. Si no compras, no eres feliz.

Me temo que nos estamos equivocando, y mucho. Estoy convencido de que cuanto más tenemos más aumenta nuestra insatisfacción, nuestras preocupaciones, nuestro temor a perder lo que hemos conseguido.

Sí, ya sé que si no fuera por eso, por ese deseo de tener más, de prosperar, la humanidad no habría avanzado tanto. Y es que precisamente, ahí está el problema. La humanidad ha avanzado mucho, muchísimo, en muy poco tiempo. El conjunto de la humanidad, la sociedad, no tenemos tiempo para asimilar los cambios que comportan tantos avances. Antiguamente los avances tecnológicos, los científicos, los filosóficos, tenían varias generaciones de humanos para asentarse en el consciente, en el subconsciente y en las costumbres de las personas.

Ahora, en una sola generación, hemos pasado de la invención del teléfono y la televisión, a la era de la telefonía móvil, los ordenadores, los hogares robotizados, el lujo desmedido, el ocio contemplativo, y las sofisticadas técnicas de manipulación comercial.

Me pregunto si no sería conveniente recapitular un poco sobre dónde estamos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Bien, como introducción, creo que ya basta. Ahora, como colofón, os ofrezco esta máxima de Epicteto, el mayor exponente del Estoicismo.

La sed de un calenturiento es muy distinta de la de un hombre sano. Este, en cuanto ha bebido, está satisfecho por haber aplacado su deseo; pero aquél, tras un breve momento de bienestar, padece mareos, se le agría lo que ha bebido, tiene vómitos dolorosos y le vuelve la sed aún más abrasadora.

Pues bien: otro tanto le ocurre al que posee riquezas, honores o una mujer hermosa con excesivo frenesí. La sed de este desdichado es la sed del calenturiento, de la que nacen los celos, los temores, las malas palabras, los deseos impuros y los actos obscenos.

Tú, amigo mío, que eras antes tan comedido y tan pudoroso, ¿qué has hecho de tu pudor y de tu cordura? En lugar de leer a Crisipo y a Cenón, lees tan sólo libros detestables; en lugar de admirar a Sókrates y a Diógenes, y seguir su ejemplo, no admirar ni imitas sino a aquéllos que son maestros en el arte estúpido de corromper y engañar a las mujeres. Por parecer hermoso, te emperifollas, adornas, tiñes y retocas cual si ello bastase, y vistes trajes magníficos y te arruinas con esencias y perfumes.

¡Ea! Vuelve en tí, lucha contra tí mismo y gana de nuevo tu pudor, tu libertad y tu dignidad perdida; en una palabra: vuelve a ser hombre. He conocido un tiempo en que si se te hubiese dicho: "Fulano va a pervertir a Epícteto haciéndole incurrir en adulterio, que caiga en toda clase de lujos supérfluos y que se presente en público teñido y perfumado", hubieras volado en mi auxilio, y aún cfreo que hubieras estrangulado a quien tal hubiese dicho.

Pues bien, no se trata ahora de matar, sino de que te reencuentres a tí mismo, de que te hables a tí mismo. ¿Quién mejor que tú propio será capaz de persuadirte? Comienza, pues, por condenar tu conducta; pero pronto, antes de que el mal sea ya inevitable.



Fuente: "Los Estoicos" Juan B. Bergua - Ed. Ibéricas - Madrid