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viernes, 17 de julio de 2009

Coeduquemos

Educar es preparar para la vida. Una buena educación se distingue por ser capaz de facilitar al individuo las habilidades necesarias para ser feliz y equilibrado en cualquier situación que le toque vivir.

Nadie puede prever con exactitud qué circunstancias van a condicionar su vida en el futuro, a partir de mañana. Lo ideal es ser capaz de tener estabilidad emocional, mental y física en cualquier circunstancia. Es de esperar que vivamos en sociedad, junto a otras personas. Es decir: convivir.

Para convivir con unas garantías de estabilidad mínimas es preciso adquirir ciertas habilidades "sociales" que nos permitan hacerlo de forma que surjan pocos conflictos y que podamos gestionar adecuadamente los que, de forma inevitable, llegan a surgir.

La convivencia no es fácil. Hay una serie de hechos y circunstancias que nos aconsejan ser corresponsables. Nuestros derechos personales llevan adheridas obligaciones ineludibles si queremos facilitar la convivencia. El conjunto de pautas de comportamiento que facilitan la convivencia son normas que todos admitimos como deseables y necesarias. Esas normas van cambiando conforme la sociedad, el entorno social en el que se mueven lo indivíduos, va cambiando.

Este cambio está motivado por las necesidades que contínuamente surgen como consecuencia de los avances (o retrocesos) efectuados por la misma sociedad. Algunas pautas sociales que regían hace cincuenta años no sirven en la actualidad. La realidad social, las necesidades laborales, el cambio de cultura ha puesto en evidencia las carencias sociales que impiden el logro de la felicidad por parte de los individuos que las sufren.

Una de esas carencias o circunstancias discriminadoras es la diferencia social de género. Aunque hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y obligaciones legales, no es así en el plano cultural y social. O por lo menos no lo es de forma plena e indiscutible.

Hemos avanzado mucho, ¡qué duda cabe!, en el plano de integración social y laboral de la mujer. Pero todavía falta mucho para lograr que el hombre, en general, acepte de forma natural su corresponsabilidad en el plano doméstico y familiar. La familia es el primer y más simple ejemplo de núcleo social. Es también el primer aulario para el logro de las habilidades sociales por parte de los nuevos integrantes del entorno social: los hijos. Éstos aprenden de sus padres los rudimentos y las formas básicas para conseguir ser indivíduos libres y responsables ante sí mismos y ante los demás miembros de la sociedad.

Ese apredizaje se efectúa a través de la comprensión racional de las normas, a través de la costumbre y, sobre todo, a través de la observación, del ejemplo dado por sus padres y personas adultas de su entorno. En la actualidad se hace partente la necesidad de incorporar en las normas sociales la igualdad de género, la no diferenciación social por razones de sexo.

Los estereotipos sociales en función del sexo siguen teniendo peso en nuestra sociedad y es menester cambiar en nosotros, los adultos, esos estereotipos, esos prejuicios sociales, para conseguir que nuestros hijos consiguan más equilibrio personal y social cuando llegue el momento de cortar amarras y vivir su propia vida.

Se hace necesario, pues, educar en igualdad de oportunidades: COEDUCAR.


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