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viernes, 14 de mayo de 2010

Bajo las ruedas


Estoy leyendo estos días la primera gran novela de Hermann Hesse, escritor de origen alemán pero nacionalizado en Suiza tras la primera guerra mundial.

"Bajo las ruedas" narra la historia de un niño alemán de finales del siglo XIX, que destaca en su pueblo natal por su inteligencia y facilidad en el estudio, por lo que accede a la posibilidad de proseguir sus estudios en un seminario protestante.

Hesse hace, a lo largo del relato, una crítica a los métodos educativos tendentes a formar las mentes de los niños según un patrón anticuado basado en exclusiva en la lectura y análisis de los escritores clásicos y sus obras.

Me ha llamado la atención un párrafo en el que describe la actitud de los maestros de la época frente a los chicos que eran rebeldes o que mostraban su desacuerdo ante la eliminación de su propia personalidad. Dice así:

"Nada asusta tanto a los profesores como los fenómenos que surgen en el carácter de chicos desarrollados precozmente durante los años, de por sí peligrosos, de la adolescencia./.../ Desde tiempos remotos se ha venido consolidando un profundo abismo entre el gremio de profesores y el genio. Cualquier atisbo de éste que aparezca en un colegio les resulta a los profesores de antemano odioso. Para ellos los geniales son esos chicos traviesos que les faltan al respeto, que empiezan a fumar a los catorce años, se enamoran con quince, van a las tabernas con dieciséis, leen libros prohibidos, escriben redacciones insolentes, miran de vez en cuando al profesor con sorna y acaban en el libro de clase, como febeldes y candidatos a un arresto. Un maestro de escuela prefiere unos cuantos burros en su clase a un solo chico genial. Y en el fondo tiene razón, porque su deber no es formar espíritus extravagantes, sino buenos latinistas, matemáticos y hombres de provecho. La cuestión sobre quién de los dos sufre más y peores cosas del otro, si el profesor o el alumno, cuál de los dos es más tirano y más verdugo y cuál de los dos estropea y envilece en el otro partes enteras de su alma y su vida no se puede analizar sin pensar con ira y vergüenza en la propia juventud. Pero éste no es nuestro asunto, y tenemos el consuelo de que las heridas cicatrizan en los verdaderamente geniales que se convierten en hombres y crean sus grandes obras a pesar del colegio. Más tarde, cuando ya están muertos y rodeados del agradable nimbo de la lejanía, son presentados por los maestros a las nuevas generaciones como seres magníficos y ejemplares. Así se repite, de colegio en colegio, el espectáculo de la lucha entre sistema y espíritu. Una y otra vez vemos al Estado y al sistema educativo empeñados con saña en arrancar ya de raíz los pocos espíritus profundos y valiosos que aparecen cada año. Y siempre suelen ser estos muchachos odiados por los profesores, castigados, escapados y expulsados los que enriquecen el tesoro de nuestro pueblo. Sin embargo, algunos --¿y quién sabe cuántos?-- se consumen en una rebeldía silenciosa y acaban sucumbiendo."

Lo he transcrito tal cual lo he leído en la décima edición, de 1979, que Alianza Editorial realizó dentro del formato "Libro de Bolsillo". Es evidente que las cosas no están como estaban a finales del XIX y princios del XX, pero nos sirve de punto de reflexión sobre cuál es nuestra actitud ante la rebeldía y la genialidad. Ante la inconformidad frente a lo establecido. ¿De qué forma tratamos estos casos? ¿Nos mueve el interés por ayudar a estos alumnos y alumnas cuando decidimos adoptar o aplicar medidas represivas? ¿O es más bien el miedo a aceptar nuestra incapacidad para dar una respuesta adecuada lo que nos mueve a ello?

En esa reflexión estoy.

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